St. Moritz y la Alta Engadina
Elegante estación de altura, cuna del turismo de invierno
Dirección
Oberengadin, 1.822 m, Graubünden
GPS
46.4908, 9.8355
St. Moritz, en la Alta Engadina, está considerada la cuna del turismo invernal alpino, que aquí comenzó en 1864, y fue dos veces sede de los Juegos Olímpicos de invierno (1928 y 1948). La elegante estación de altura, a 1.822 m, se sitúa junto a una cadena de lagos engadineses de color turquesa, ante el macizo del Bernina, y es conocida por su clima excepcionalmente soleado y seco.
Lo más destacado
- La meseta lacustre de la Engadina, con el lago de St. Moritz y el de Sils
- El macizo del Bernina como telón de fondo
- Fuentes minerales y tradición de estación de altura
- Punto de partida para el Bernina Express y la Diavolezza
Bueno saberlo
| Altitud | 1.822 m |
| Historia | inicio del turismo de invierno en 1864 |
| Juegos Olímpicos | Juegos de invierno de 1928 y 1948 |
| Región | Alta Engadina, Grisones |
Información práctica
Cómo llegar: con el Ferrocarril Rético por la línea del Albula (UNESCO) hasta St. Moritz; en coche por los puertos del Julier o del Maloja.
Mejor época: deportes de invierno de diciembre a abril; senderismo y vela en los lagos de junio a octubre.
Costes: la localidad es gratuita; ferrocarriles de montaña, tren y alojamientos de nivel de precio elevado (consultar actualidad).
Seguridad: en invierno, atención al riesgo de aludes; ten en cuenta la altitud al hacer esfuerzo.
Consejos:
- El viento del Maloja crea por la tarde condiciones ideales para navegar y hacer surf
- La Diavolezza y el Muottas Muragl ofrecen las vistas más bellas del Bernina
Contexto e historia
En lo alto de la Alta Engadina, a más de 1800 metros en un paisaje lacustre privilegiado por el sol, St. Moritz pasa por ser la cuna del turismo invernal alpino. Ya en la Antigüedad eran conocidas las fuentes minerales ferruginosas del lugar, pero St. Moritz se convirtió en mito cuando, en el invierno de 1864, un hotelero convenció con una apuesta a unos huéspedes ingleses de verano para que pasaran la estación fría en las montañas. De aquella ocurrencia surgió una elegante estación termal que acogió dos veces los Juegos Olímpicos de invierno y cuyo nombre representa hasta hoy el brillo mundano.
La propia Engadina es un mundo aparte. Aquí se habla romanche, una antigua lengua retorrománica, y los pueblos, con sus gruesos muros, sus ventanas hundidas y los esgrafiados primorosamente rascados en el revoque, conservan un rostro inconfundible. Por el cercano puerto del Maloja, el valle se abre hacia el sur, al luminoso Bregaglia, un umbral entre el mundo alpino y el mediterráneo que ya cautivó a pintores y poetas. Geológicamente, la región descansa sobre enormes mantos de roca, en los que cerca penetró un granito joven, testimonio de la colisión de las placas continentales europea y africana. Así, en la Alta Engadina se dan cita, en un espacio reducido, una antiquísima historia de la Tierra, una cultura lingüística viva y la historia del turismo de lujo.
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